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(Por Marcelo F. Rodríguez) El pasado 24 de marzo, miles de personas nos movilizamos a lo largo y ancho del país para decir nuevamente: Presentes. Como cada año, acudimos a una cita que no necesita ser agendada para que la recordemos, que nos convoca a ganar las calles, a caminar junto a los compañeros de lucha cotidiana y a reencontrarnos con aquellos con quienes compartimos el repudio al terrorismo de Estado y la necesidad de construir una sociedad más justa, sin impunidad.
Pero este 24 de marzo de 2010, a 34 años del último golpe militar, no fue un 24 más. Y no lo fue, no solo por su masividad, no por las diferencias y debates entre los sectores convocantes, que derivan lamentablemente en diversas convocatorias, sino por el rechazo unánime y enfurecido que desató en la derecha argentina y en sus más conspicuos voceros.
Esto no es casual, el evitar la continuidad de los juicios a los represores y torturadores fue siempre un objetivo de estos sectores, pero este año, la causa que investiga la verdadera identidad de los hijos de Ernestina Herrera de Noble, amenaza como pocas veces dejar al descubierto ante el conjunto de la sociedad, la complicidad de sectores del empresariado, no sólo con un modelo económico que destruyo al país y que condeno a miles de personas a la exclusión social, sino también con una de las prácticas más aberrantes llevadas a cabo por el proceso conjuntamente a la desaparición de personas: el robo de bebes.
La dueña del grupo multimedia más fuerte del país, recurre cotidianamente a su ejército de abogados para intentar salvaguardar su impunidad, logra la complicidad y solidaridad de los demás multimedios del sistema y no pierde oportunidad en transformar a los medios propios en vanguardia de la oposición disciplinando a dirigentes políticos y a periodistas que parecen haber olvidado su antiguo compromiso con los Derechos Humanos.
Vayan algunos ejemplos:
La pantalla de TN repitiendo una y otra vez las imágenes previas a la marcha del ataque a las instalaciones de la UIA por un grupo de “militantes” que parecían más preocupados en recibir la señal de un director de TV para realizar su acto que por manifestar su repudio a la institución patronal.
El otrora autoproclamado periodista “progre” Pepe Eliaschev, condenando en su columna del 28 de marzo en el diario Perfil que el 24 de marzo sea feriado nacional.
Mariano Grondona invitando a su programa de canal 26 al “ex montonero” Luis Labraña a comentar un asado compartido en Campo de Mayo con militares detenidos por crímenes de lesa humanidad en nombre de una “reconciliación”, elogiada por la mismísima Cecilia Pando.
Los editoriales de La Nación sobre el uso “indebido de los Derechos Humanos”, y las columnas del mismo Grondona y de Morales Sola reafirmando esta idea ya son materia conocida por todos.
Y nunca está de más recordar las declaraciones de Elisa Carrio sobre que los “hijos de Noble son nuestros hijos”.
Estos son solo algunos ejemplos de la destemplada reacción a la que la derecha dio rienda suelta ante el avance de la causa Noble.
Por eso este 24 fue distinto, la constatación de importantes avances nos movilizó masivamente y produjo el contraataque de la derecha.
Una nueva muestra de que la disyuntiva de la etapa pasa por restauración o radicalización y profundización también en el terreno de los Derechos Humanos.
Y la profundización pasa por mantener en alto las banderas del juicio y castigo, de la recuperación de los nietos que aun falta encontrar, por seguir luchando contra la impunidad, superando la idea liberal de los Derechos Humanos como un valor individual para seguir constituyéndolos y entendiéndolos también como valor colectivo.
Como se manifestó en la causa del Negrito Avellaneda en donde los comunistas en conjunto, fuimos querellantes a través del Partido.
Como quedó en claro, en las calles el último 24 de marzo.
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