Alicia Alonso, el vuelo de la mujer pájaro

(Semblanza de Ana María Ramb)

Domingo 2 de octubre de 1949. Buenos Aires, Teatro Astral, función matinal. Una mujer pájaro baila “Las Sílfides”, música de Federico Chopin. El público la contempla extasiado. El programa se completa con “Pedro y el lobo” de Prokofiev, con protagonismo de Fernando Alonso. En el siguiente programa, Alicia baila una mágica “Coppelia” de Delibes, que es el delirio del público porteño. ¿Quién podía imaginar entonces que  aquella espléndida artista de 29 años veía sólo sombras con vetas de luz? ¿Cómo era que la punta de sus pies daba siempre en el sitio preciso del escenario, y que de ahí, sin vacilaciones, emprendía vuelo?

Mucho después supimos que una década atrás había recibido un diagnóstico implacable: sus retinas se desprendían, era mejor abandonar la danza. Ella, Alicia Ernestina Martínez del Hoyo, no se doblegó.  Casada a los 16 años con Fernando Alonso también primer bailarín eligió su apellido como nombre artístico, y con él abandonó la Escuela de Ballet de Pro-Arte Musical de La Habana, anclada en un rancio elitismo.  La joven pareja triunfó en Broadway.  Y a fines de los años 30, ambos integraron el American Ballet Caravan y luego el Ballet Theatre de Nueva York, que después se convirtió en el American Ballet Theatre, donde Alicia Alonso sería primerísima estrella. Antes, en el Metropolitan Opera House y a causa de un reemplazo, Alicia había bailado por primera vez el emblemático personaje de Giselle, y con él, llegaba la sublime consagración. En esta etapa trabajó junto a Mijail FokineGeorge BalanchineLeonide MassineBronislava NijinskaAntony TudorJerome Robbins y Agnes de Mille, entre otras significativas personalidades de la coreografía del siglo XX. 

En 1948 la pareja, junto con Alberto Alonso, hermano de Fernando y primer bailarín profesional de Cuba además de coreógrafo creó la Compañía de Ballet Alicia Alonso. En 1950, de nuevo en La Habana natal, fundaron la Academia de Ballet que también llevó su nombre, donde Alicia asumió la tarea histórica de formar la primera generación de bailarines con los principios técnicos, estéticos y éticos de la hoy universalmente reconocida escuela cubana de ballet. Ella alternaba su doble tarea de maestra y coreógrafa con fantásticos triunfos como estrella invitada de las más relevantes compañías, festivales y galas en todo el mundo.

Por 1957, la Compañía presentó una función de Homenaje y Desagravio, organizada por la Federación Estudiantil Universitaria , como  protesta contra las medidas represivas aplicadas por la dictadura de Fulgencio Batista.

Con la Revolución, Alicia, que seguía siendo requerida por los grandes centros artísticos del mundo, en especial el American Ballet, ofreció su compañía para que fuera base del Ballet Nacional de Cuba. Así, sin abandonar su valioso magisterio, la «prima ballerina assoluta» continuaba bailando con los más grandes, entre ellos, Vladimir Vassiliev, y era aplaudida en el Bolshoi y el Kírov, URSS. Y seguían las giras, de Helsinki a Tokio, de Melbourne a Nueva York, ciudad para cuyo público era un ícono, pero que pronto lamentaría las restricciones políticas aplicadas por los EEUU, que lo privaban del arte de Alicia Alonso.  

En 1975,  Alicia y Fernando se divorcian. Él pasa a dirigir el Ballet de Camagüey, y años después se radicará en México. Alicia queda con un ala herida, pero el trabajo y su gran entereza, más los logros de su hija Laura, también primera bailarina y maestra, la ayudan a no flaquear. En 1984, de nuevo en Buenos Aires, presenta en el Luna Park el moderno ballet “Espartaco” con música de Aram Kachaturian, y baila fragmentos de “Carmen” de Bizet. El estadio trepida de aplausos. Otra jornada inolvidable. Para entonces, Alicia Alonso ya es casi una leyenda. El mundo, más allá de los crueles bloqueos con los que el Imperio pretende doblegar a Cuba, reconoce en Alicia a una de las más grandes artistas de la historia. 

Al mismo tiempo, el comandante Fidel Castro y su pueblo saben bien que ella es, con su arte y la formación de relevos, una extraordinaria militante. Una revolucionaria que da lo mejor de sí en plazas públicas, fábricas, escuelas y unidades militares, consciente de que el pueblo, en cualquier lugar que sea, vibrará siempre con el arte. Y que, en paralelo,  su prestigio y capacidad aglutinadora puede convocar desde La Habana a las más célebres personalidades de la danza en 26 Festivales Internacionales de Ballets, en una fiesta de arte y amistad, mientras el Ballet Nacional de Cuba, ya constituido como una de las cinco mejores compañías de ballet clásico del mundo, junto con  la Opera de París, el Royal Ballet de Londres, el American Ballet Theatre y el Ballet Bolshoi, en un gesto de colaboración internacionalista, se presenta en casi un  medio centenar de países de América, Europa, Asia y África. Alicia puede ver cumplido sus objetivos, y dice:

“Toda mi esperanza y mis sueños consisten en no volver a salir al mundo en representación de otro país, sino llevando nuestro propia bandera y nuestro arte. Mi afán es que no quede nadie que no grite: ¡Bravo por Cuba!, cuando yo bailo. De no ser así, de no poder cumplir ese sueño, la tristeza sería la recompensa de mis esfuerzos”.

Y como su excepcional categoría  de “prima ballerina assoluta” no obedece a una caprichosa atribución jerárquica, sino al dominio de un vasto repertorio de 134 títulos récord mundial–, que abarca las grandes obras de la tradición romántico-clásica y producciones  contemporáneas, es llamada a fundar nuevos núcleos de arte.  La requiere el gobierno de España para crear la Fundación de la Danza que lleva su nombre, y el Instituto Superior de la Danza Alicia Alonso, adscripto a la Universidad Rey Juan Carlos.

Su cosecha de nombramientos y distinciones internacionales es muy extensa. En 1996 el Ateneo Científico, Artístico y Literario de Madrid le rindió un homenaje público. También fue designada miembro de honor de la ADE (Asociación de Directores de Escena) del Reino de España. En 1998 se la distinguió con la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Fue investida en París como Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO, entidad que en  2017 le confiere el título de Embajadora Mundial de la Danza. El presidente de Francia le otorga en el año 2003 el grado de Oficial de la Legión de Honor. En 1993, el Rey de España le adjudica la Encomienda de la Orden Isabel la Católica. Recibió el grado de Doctora Honoris Causa por la Universidad de La Habana, el Instituto Superior de Arte de Cuba, la Universidad Politécnica de Valencia, de España, y la Universidad de Guadalajara, en México. En Cannes, en el 2005, se le entregó el Premio Irene Lidova por toda su trayectoria  artística. Tuvo en 1982 la Orden “El Águila Azteca”, conferida por el estado mexicano. En 2012 recibió el Premio Alba de las Artes, de la Alianza Bolivariana para las Américas.

Ya retirada del ejercicio de la danza, Alicia Alonso confesaba:

“De hecho, aún no se me quitan los deseos de bailar… Y lo sigo haciendo a través de mis enseñanzas. Estoy enseñando todo lo que sé, no me guardo nada. Y me siento muy bien con ello, porque vivo cada vez que entrego lo que sé».

En el año 2000, el Gobierno de su país le confirió la Orden José Martí, máxima condecoración que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba. En 2002, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba la nombró Embajadora de la República de Cuba. Y en 2015 el Consejo de Estado de la República de Cuba acordó que el Gran Teatro de La Habana llevase el nombre de Alicia Alonso;  según indicaron en la nota oficial, se debió al reconocimiento del aporte de la gran bailarina a la cultura cubana y universal, su amor a la Patria y fidelidad a la Revolución cubana.

El pasado 17 de octubre en La Habana, la mujer pájaro extendió sus piernas en una espléndida cabriola, batió los pies en el aire como sólo ella podía hacerlo, y emprendió su último ascenso.  Pero no partió del todo. Sobrevuela en el amor de su pueblo, en el recuerdo de los afortunados que pudimos verla en el escenario, de los que aprecian su arte en distintos films documentales, y de las generaciones de bailarinas y bailarines que formó, para quienes dio de sí lo mejor.
«La gracia, inteligencia y valentía de Alicia seguramente dejarán un impacto duradero en nuestro tipo de arte», dijo Kevin McKenzie, director artístico American Ballet Theatre. Y Miguel Barnet, Premio Nacional de Literatura de Cuba, aseguró que su admiración por ella…: «no es sólo por lo que hizo ella y logró, sino también por haber creado una escuela con un estilo propio. Una escuela más sensual, voluptuosa, curvilínea, nada rígida».

En suma: una escuela cubana, internacional, solidaria y universal.